Desde hace casi 10 años, los extractores de mariscos de Matarani y Mollendo dejaron de competir por la extracción del erizo rojo para aprender a proteger el recurso del que depende su futuro. Con acuerdos voluntarios, organización y una inédita estrategia de autorregulación, lograron recuperarlo y convertir su experiencia en un referente nacional. Esta es la historia de cómo la confianza y la paciencia recuperaron una especie, transformaron un ecosistema y cambiaron para siempre su forma de pescar.
Por Roberth Orihuela
La niebla es densa y trae consigo una llovizna copiosa que moja la ropa rápidamente. Son las 7 de la mañana en el puerto de Matarani, uno de los más grandes del sur peruano, y Juan Huari y Wilmer Oxsa preparan la embarcación para salir a altamar. Son dos hombres de mar que se dedican a la extracción de erizo rojo (Loxechinus albus) y otras especies de bentónicos que habitan en los bosques marinos de macroalgas en las costas de la región Arequipa, como el pulpo, el chanque y la lapa.
Mientras Wilmer prepara el motor, Juan va limpiando la plataforma donde más tarde permanecerá la pesca del día, y en menos de 15 minutos salimos del puerto sorteando y empujando otros botes como en un pequeño laberinto.
Nos dirigimos hacia unos riscos ubicados al sur. El mar está movido pero a Juan y Wilmer no parece impresionarlos. A un lado aparecen lobos marinos que descansan sobre las boyas; al otro, bandadas de gaviotas sobrevuelan la bahía esperando el momento oportuno para lanzarse al agua. Después de casi cuarenta minutos de navegación, los acantilados de Matarani quedan atrás y el motor se detiene frente a un grupo de riscos donde el océano adquiere un tono verde oscuro. Llegamos a la zona de pesca.
A pesar del frío y humedad de las mañanas de invierno en el puerto de Matarani (Arequipa) los pescadores siguen trabajando.
La pesca es una de las principales actividades en los distritos de Matarani y Mollendo, ubicados al sur del Perú en la región Arequipa.
Aquí Juan, buzo artesanal, se coloca el traje, hecho de neopreno negro para bucear, y Wilmer enciende la compresora de aire en la embarcación; un zumbido sordo inunda el espacio mientras el aire empieza a correr por la manguera transparente que Juan se acomoda en la boca, listo para el descenso. Estos dos son equipos básicos de su oficio: uno para protegerlo del frío de las corrientes del Pacífico y el otro para proveerle de oxígeno mientras profundiza en el océano. Y de igual forma, la extracción bajo la modalidad de buceo con compresora requiere de la confianza de dos: en tanto el buzo permanece sumergido, el tripulante va monitoreando el bombeo del oxígeno y dirige el bote para evitar que encalle.
Luego de unos minutos de preparación y con la naturalidad de quien ha repetido el mismo movimiento cientos de veces, Juan toma aire por última vez, se deja caer al mar y desaparece. Lleva consigo una ganzúa y una canasta de malla (capacho); además, toma una larga manguera por la cual transita el aire, y profundiza. Desaparece. La única evidencia de que sigue allí es la manguera que serpentea mientras se mueve en las profundidades entre el bosque marino y las rocas.
¿Por casi una hora? Es difícil decirlo. El tiempo pasa lento cuando el bote no hace más que moverse de un lado a otro sin parar. Pero Wilmer —un tripulante de 52 años de edad— permanece imperturbable monitoreando desde la embarcación que la compresora no detenga su producción de aire para Juan. Y es que desde los 23 años se dedica a la pesca artesanal profesional, desde el buceo hasta el acompañamiento de sus colegas, como Juan en sus faenas mar adentro.
Juan Huari se enamoró muy joven del mar y desde entonces se sumerge para extraer sus frutos.
La actividad de pesca sumergida requiere de dos: un buzo y un tripulante que monitorea la dotación de oxígeno.
Cuenta que hasta antes del 2014 la extracción de erizo rojo era indiscriminada, una competencia entre buzos. “El que tenía mejores condiciones sacaba varios sacos y sacos, no había límite. A lo que el cuerpo diera”, dice Wilmer y hace una pausa. “Y como estaba barato, debíamos sacar todo lo posible”, agrega.
Señala, sin embargo, que la bonanza no duró mucho. “Llegó un momento en que empezaban a sacar erizo muy pequeño. Así…”, muestra con la palma de su mano unos 3 dedos juntos o 4 o 5 centímetros, muy por debajo de lo que señala la Resolución Ministerial 209-2001-PE, que establece un tamaño mínimo de 7 centímetros para la pesca del erizo rojo. Además la población de erizo en las zonas de extracción se redujo considerablemente. Se dieron cuenta que si seguían a ese ritmo el erizo desaparecería. “Nosotros fuimos peor que el Fenómeno de El Niño, que ya había agotado el erizo en la zona. ”, manifiesta.
“Entonces decidimos parar la extracción por dos años. Fue una veda que nosotros mismos nos impusimos”, cuenta Wilmer mientras arranca el motor para evitar que el bote siga acercándose a los riscos.
Una decisión nada fácil para ellos pero tremendamente impactante para el ecosistema marino. Pues resulta que el erizo rojo no es cualquier especie. El especialista del Instituto del Mar Perú (Imarpe), Stevens Lucero Pérez, explica que la función de este equinodermo es de regular los bosques de algas marinas, pues se las comen, principalmente reciclando a las que mueren, devolviendo los nutrientes a la cadena trófica y así manteniendo el balance en las profundidades.
Además, mantienen a raya la cantidad de algas vivas en el bosque marino, pues su proliferación “bloquearía” la distribución de mariscos en las rocas. Es por ello de su importancia en todo el litoral sur peruano, desde Ica hasta Tacna, donde proliferan gracias a las aguas frías de la corriente de Humboldt.
Aquella certeza abrió una discusión que pocos imaginaban posible. ¿Cómo convencer a decenas de pescadores de dejar de capturar el recurso del que dependían sus familias? La respuesta no llegó de inmediato. Durante meses hubo desacuerdos. Muchos pensaban que detener la pesca significaba renunciar a su principal fuente de ingresos. Otros creían que, si ellos dejaban de extraer, alguien más ocuparía su lugar.
No fue fácil, pero poco a poco los 156 miembros de las siete Organizaciones Sociales de Pescadores Artesanales (OSPAS) extractores de mariscos de Matarani y Mollendo empezaron a coincidir en que si querían seguir extrayendo erizo rojo, primero debían dejar que se recupere. La decisión parecía una apuesta demasiado arriesgada. Sin embargo, terminaría convirtiéndose en el primer gran pacto colectivo de pescadores en Arequipa que, hasta entonces, habían aprendido más a trabajar por separado que como colectivo.
El cordón de vida que une al tripulante con el buzo es una extensa manguera por donde transita el oxígeno.
Juan Huari y Wilmer Oxsa son dirigentes en una de las 7 asociaciones de pescadores que se unieron para proteger el erizo rojo.
Luego de casi una hora Juan emerge a la superficie. Con un brazo se sostiene y con el otro carga el “capacho” lleno de erizos rojos. Uno de esos contiene alrededor de 40 kilos. Entonces, Wilmer toma la malla y la sube a la embarcación, para después ayudar a Juan a subir por la aleta de babor un momento para que descanse.
El movimiento del mar y el viento continúan imparables, parece una atracción de feria interminable, bajo el clima nublado del invierno marino. A lo lejos se puede ver un pequeño muelle del que sale un bote cuyo único tripulante lo impulsa con remos. Tras unos minutos navegando se detiene, prepara anzuelos en nylon de pesca y uno a uno los va distribuyendo a su alrededor. Solo bastan unos minutos de espera para que empiecen a caer los peces; los retira y vuelve a repetir.
Y es que la riqueza del mar peruano, tantas veces rememorada en libros y documentales, no es para nada un mito, sino una realidad —que aunque ahora un poco austera—, se mantiene.
En 2015 empezó la restricción de los propios buzos de Matarani y Mollendo. No era una disposición del Ministerio de la Producción ni una resolución regional. Tampoco existía una autoridad que pudiera sancionarlos si rompían el acuerdo, fueron acuerdos voluntarios. La única condición era cumplir la palabra empeñada entre ellos. “No todos estaban de acuerdo —recuerda Juan Huari—. Había compañeros que decían que nos íbamos a perjudicar porque ese era nuestro principal ingreso”.
Fueron dos años en que debieron recurrir a otras especies y hasta otras actividades fuera del mar. “Algunos salieron a taxear o a trabajar en construcción civil mientras se esperaba. Por suerte también teníamos la extracción de otras especies como el pulpo o el chanque, o también la pesca mar adentro. De alguna u otra forma salimos adelante”, manifiesta Juan.
Fue un esfuerzo que dio frutos.
Wilmer explica que en 2017 notaron que la cantidad y el tamaño de los erizos habían incrementado. Pero esperaron el momento ideal para empezar a extraer, pues ahora la lógica había cambiado. Años atrás vendían porque necesitaban sacar todo lo posible antes de que alguien más lo hiciera. Ahora podían decidir cuándo vender. “Como teníamos el recurso entonces esperamos un buen precio para vender. No es que hayamos empezado a extraer otra vez de manera indiscriminada, sino que ya estábamos organizados”, cuenta el tripulante.
Y es cuando establecen las “Sacas”; un modelo de autorregulación que consiste en extraer por temporadas y bajo la condición de una demanda segura del mercado y con un precio que justifique su esfuerzo. Así evitan inundar el mercado con un producto barato y, al mismo tiempo, impiden volver a la extracción indiscriminada.
El proceso de extracción lo realizan en la temporada de invierno, desde junio hasta setiembre y en base a información que el Imarpe publica sobre biomasa del erizo; el resto del tiempo se autoimponen una restricción de extracción para permitir la reproducción de la especie. Lo que además implica cuidar que otros no lleguen a depredar, realizando vigilancia.
Todo esto ha empoderado a los pescadores. Cuando obtienen un contrato —por ejemplo de 50 toneladas— los 156 miembros de las 7 OSPAS que forman parte del acuerdo reciben cantidades iguales de extracción, que no superan los 250 kilos por embarcación. De esa forma todos ganan lo mismo y nadie compite para extraer más de lo autorizado entre ellos, generando además ingresos sostenibles. Lo que también provoca que, al ver el resultado, todos respeten los acuerdos tomados, fortaleciendo su organización.
El puerto de Matarani es uno de los más importantes en el sur del Perú y hasta aquí llega toda la pesca para la región Arequipa.
Wilmer Oxsa es pescador desde los 23 años y aprendió a cuidar los recursos que el mar le ofrece.
De acuerdo con cifras de desembarque del Imarpe, Arequipa es la región que históricamente ha extraído más erizo rojo en el país; con más de 5 mil 530 toneladas entre el 2000 y 2024; seguido de Ica con 5 mil 521 toneladas desembarcadas. Aunque vale señalar que hasta el 2014, cuando la bonanza del erizo rojo se terminó en Matarani y Mollendo, Arequipa llevaba de lejos la delantera, con 1 mil 734 toneladas. Muy por encima de las apenas 180 toneladas que los buzos de Ica habían extraído hasta ese momento.
Cuando empezaron con la suspensión de la extracción de erizo, entre el 2015 y 2016, el desembarque en el puerto de Matarani disminuyó drásticamente, pasando de 353 toneladas en 2014, a apenas 5 y 3 toneladas respectivamente. Y tras el periodo de corte de la extracción, las cifras volvieron a subir. Primero, en 2017 con 332 toneladas y luego manteniéndose entre 179 y 236 toneladas.
Desde entonces y durante casi una década, las siete organizaciones de extractores de mariscos de Matarani y Mollendo demostraron que suspender la extracción de erizo rojo permitía la recuperación del recurso y al mismo tiempo un aprovechamiento sostenible.
También comprendieron que conservar el erizo ya no dependía únicamente de dejar de pescar, sino de organizarse. Respetaron los cierres voluntarios que acordaron. Organizaron las «Sacas». Distribuyeron cuánto erizo podrá extraer cada embarcación. Realizaron monitoreos junto al Imarpe. Esperaron los mejores momentos para vender.
El mecanismo funcionaba.
Pero había algo que escapaba a su control. Los acuerdos solo comprometían a quienes los habían construido. No alcanzaban a los pescadores de otros puertos, por eso necesitaban que el Estado reconociera estos acuerdos. La conversación dejó entonces de centrarse únicamente en cómo extraer el recurso, ahora la pregunta era otra:
¿Cómo proteger legalmente un acuerdo que solo existía gracias a la palabra de los pescadore
Juan Huari recuerda que fue cuando comenzaron a buscar apoyo. Había que entender la ley, conocerla de pies a cabeza y encontrar la manera de convertirla en un respaldo para los convenios que ya tenían. Cuando los especialistas de la ONG peruana REDES – Sostenibilidad Pesquera conocieron esta historia en 2022 encontraron una organización que ya había demostrado que podían organizarse para aprovechar responsablemente el recurso.
“Ellos ya habían logrado un gran avance. Lo que necesitaban era que ese esfuerzo pudiera sostenerse en el tiempo y convertir sus acuerdo en una estrategia sostenible”, explica Luis Achong, biólogo especialista de REDES – Sostenibilidad Pesquera.
A partir de entonces comenzaron las reuniones, las capacitaciones, la revisión de la normativa, las coordinaciones con las instituciones públicas y la elaboración de documentos técnicos. Sobre la base de los acuerdos que ya habían construido entre sí las OSPAS, decidieron iniciar un proceso para implementar un Plan de Extracción, el cual es una herramienta que otorga a un grupo de pescadores artesanales organizados el derecho exclusivo de aprovechar y proteger los recursos invertebrados bentónicos en una zona marina específica.
Las organizaciones asumieron el liderazgo desde su experiencia y conocimiento del mar; REDES – Sostenibilidad Pesquera, por su parte, acompañó ese esfuerzo promoviendo mejoras, brindando soporte técnico y articulando a los actores necesarios para convertir esos acuerdos en una estrategia de manejo sostenible.
Cuatro años de trabajo conjunto finalmente dieron resultados. El pasado 26 de mayo, mediante la Resolución Gerencial N.° 004-2026-GRA/GRP, el Gobierno Regional de Arequipa aprobó la declaración de interés para la implementación del Plan de Extracción, que beneficiará a 156 pescadores asociados y 115 embarcaciones de las siete OSPAS de Matarani y Mollendo. La medida comprende 231 hectáreas que involucra bancos naturales —Centeno, Tres Cruces, Carrizales, Bote Varado y La Condenada— donde se podrá aprovechar de manera sostenible erizo rojo, pulpo, lapa y chanque.
Luis Achong explica que se trata de la primera declaración de interés de este tipo aprobada en el país. Sin embargo, aclara que este hito no representa el final del proceso, sino el inicio de una etapa aún más desafiante: la implementación del Plan de Extracción.
Para Achong, el verdadero valor de esta experiencia va más allá de la resolución. Durante años, los extractores de mariscos de Matarani y Mollendo han demostrado que es posible alcanzar acuerdos, respetarlos y sostenerlos en el tiempo para proteger el erizo rojo y ordenar su aprovechamiento. Esa capacidad de organización y de cumplimiento, sostiene, convierte a Matarani y Mollendo en un referente para otras organizaciones de pescadores artesanales de Arequipa y del sur del país.
Ahora los pescadores deben realizar un estudio de línea base donde se implementará el Plan de Extracción. Esto significa tener conocimiento de cómo encuentran el área que tienen reservada de manera exclusiva para la extracción del erizo rojo y las otras tres especies; es decir, cantidad de biomasa, tamaños, pesos, condiciones del mar, entre otros. Todo de acuerdo al Reglamento de Ordenamiento Pesquero (ROP) de bentónicos DS – 018 -2021- PRODUCE.
Teniendo esa línea base de conocimiento, continúa Achong, los pescadores tienen la obligación, primero, de conservar las especies y trabajar en favor de recuperar, mantener o incrementar su población. Luego de ello, continuar con el trabajo que ya conocen muy bien gracias a su organización previa. Pero siempre en pro de la conservación del hábitat manteniendo un manejo sostenible de la pesca con asociatividad perdurable en el tiempo.
Así también lo entienden los pescadores de Matarani y Mollendo. “Esto no solo requiere tiempo, sino también recursos. Una asociación sola no lo habría logrado. La asociatividad nos ayuda no solo a conservar el ecosistema, sino también a repartir la responsabilidad”, añade Juan Huari mientras alista la embarcación para volver al puerto de Matarani.
Esta vez, los erizos que ha recogido del mar no son para la venta, explica Juan, sino para el monitoreo regular que han empezado a realizar junto al Imarpe.
El diámetro del erizo rojo no debe ser menor de 7 centímetros para ser comercializado.
El erizo rojo prolifera entre Ica y Tacna y se vio amenazado por el Fenómeno El Niño.
Mientras tanto, Wilmer va seleccionando y almacenando los erizos en baldes y sacos de rafia. La mayoría son grandes y pasan de los siete centímetros que exige la norma, incluso se sienten más pesados.
“Están gorditos, tienen buenas gónadas”, calcula Wilmer.
Toma un cuchillo y con la pericia de la experiencia abre uno para mostrarlo. En el interior aparecen unas gónadas gruesas, de un amarillo intenso. Aunque por fuera las espinas del erizo son amenazantes, lo cierto es que no duelen al tocarlas y son inofensivas si se tiene cuidado. En tanto, las gónadas son amarillas y en realidad son el sistema reproductivo del erizo rojo (ovarios o testículos).
Este, aunque muy poco utilizado en el Perú, sí es considerado un manjar y un afrodisiaco en países de oriente como Corea del Sur, Japón y hasta Emiratos Árabes Unidos donde puede llegar a costar hasta US $ 100 el kilo.
De acuerdo a las estadísticas del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo, en el portal Exportemos.pe, en 2025 se exportó el equivalente a US $ 9.1 millones en erizo rojo, y en lo que va del año ya van US $ 3,72 millones, con un crecimiento de 153 % con respecto a abril. Aunque vale señalar que la mayor parte no es declarada como exportación de la región Arequipa, sino de Tacna e Ica. Esto porque son las regiones donde se concentran la mayoría de plantas que compran y procesan el erizo rojo que se extrae de todo el sur peruano.
“Esto da potencia”, añade Wilmer mientras toma una gónada y se la come cruda. Pues, como todo fruto del mar, comerlo fresco es mejor que ya dispuesto en una cocina o restaurante. Ellos, los pescadores son de los pocos que tienen el privilegio de consumir este potaje, ya que es difícil encontrar erizo rojo en los mercados locales; porque la mayoría va para la exportación.
Esta mejora en su actividad es lo que alienta a los pescadores artesanales a continuar y no desfallecer en su cometido de implementar un Plan de Extracción para erizo, chanque, lapa y pulpo. El mismo les dará exclusividad en la explotación de estas especies en el trozo de mar que les han autorizado, pero además les brinda herramientas legales para protegerse de factores externos y de otros pescadores.
Luis Achong explica que implementar el Plan de Extracción, implica que el Ministerio de la Producción declare la zona como una Reserva Pesquera, una figura que además de reforzar la protección del área, también exigirá un mayor compromiso de quienes han decidido cuidar el recurso.
El principal mercado para los extractores de erizo rojo es la exportación a países de Asia.
Las gónadas son la única parte aprovechable del erizo rojo, y se trata de sus órganos reproductivos.
Es más, con esto, los pescadores no solo estarían aportando a la preservación del ecosistema marino con un manejo sostenible del recurso, sino también a los compromisos del Gobierno peruano para con el mundo. Esto porque desde 2022 el Perú, junto al resto del mundo, se pusieron como meta proteger y conservar para el 2030 al menos el 30 % de sus territorios terrestres y acuáticos; lo que se denomina la Meta 30×30 bajo el marco del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica (CDB). Ya que una Reserva Pesquera tiene el potencial de ser reconocida como Otras Medidas Eficaces de Conservación Basadas en Áreas (OMEC) y cuenta para lograr la Meta 30×30.
Juan, Wilmer y los extractores de mariscos de las siete asociaciones de Matarani y Mollendo son conscientes de esto. Aseguran que continuarán trabajando para mantener la unión de los pescadores, con el fin de seguir preservando y aprovechando de manera sostenible los recursos del mar.
Así también lo destaca Steven Lucero del Imarpe. El especialista aclara que la experiencia de Matarani y Mollendo es la única en estos momentos que está funcionando y dando resultados en la región Arequipa y en el sur. Recuerda algunas experiencias de otros grupos de pescadores, que también intentaron organizarse, pero la impaciencia, el incumplimiento de los acuerdos y la desunión hicieron fracasar esos esfuerzos, dando paso a una extracción sin control.
“Es importante mantener la continuidad de los compromisos voluntarios de los pescadores. Es maravilloso entrar a estas zonas protegidas y ver cómo el fondo del mar vuelve a convertirse en un jardín. Aparecen organismos filtrantes, bosques marinos llenos de mariscos, lapas y muchas otras especies. Pero cuando los acuerdos se rompen y se vuelve a la extracción indiscriminada, todo eso se pierde. Hay que tener paciencia”, advierte el especialista del Imarpe.
Ninguna medida de manejo funciona por sí sola. Solo cobra sentido cuando quienes viven del mar deciden respetarla, defenderla y convertirla en un compromiso compartido.
Los pescadores de Matarani y Mollendo esperan que el camino recorrido durante estos años pueda servir de ejemplo para otras zonas donde también se aprovechan recursos bentónicos. “Nos gustaría que esta experiencia pueda replicarse en otros lugares. Cuando todos respetan los acuerdos, no solo se protege el erizo rojo, también se asegura que el recurso siga dando trabajo para las próximas generaciones”, afirma Juan Huari.
Desembarcamos en Matarani con el cielo todavía cubierto por una llovizna tenue. Detrás queda un banco de erizos que volvió a recuperarse gracias a una decisión de esperar antes que extraer. El sol aún no rompe las nubes, pero en el mar ya ha amanecido mucho antes: el día en que siete organizaciones entendieron que cuidar el recurso también era una manera de asegurar su futuro.
Las “Sacas” son el sistema que las 7 organizaciones de pescadores practican y respetan en Matarani y Mollendo.


